En el programa Campo para Todos Streaming, el Ing. Agr. Pablo “Coco” Tomsic compartió una mirada integral sobre la alfalfa, un cultivo que combina tradición, innovación y oportunidades de mercado. Con pasión y conocimiento, destacó que la alfalfa no es solo un forraje, sino un sistema productivo que involucra logística, comercio exterior y trabajo directo con productores.

Un cultivo estratégico en expansión
La instalación de empresas como Megalfalfa Argentina en Santiago del Estero marcó un antes y un después en la percepción del cultivo. Desde 2012, con las primeras prensas en Córdoba, la alfalfa comenzó a posicionarse como un producto de exportación, especialmente hacia Medio Oriente. Hoy, Argentina es reconocida internacionalmente por su capacidad de producir alfalfa de calidad, un saber hacer que sorprende a productores de otros países.
Calidad y exigencia
Tomsic explicó que la calidad de la alfalfa se mide principalmente por dos parámetros: proteína y fibra. Una alfalfa de 16% de proteína puede ser adecuada para camellos o cabras, mientras que una vaca de tambo requiere más del 20%. Además de los valores químicos, los mercados internacionales exigen características organolépticas: color verde, olor fresco y ausencia de materiales extraños. “El saber producir alfalfa de calidad está dentro del productor argentino, aunque muchas veces no lo cuantificamos”, subrayó.

Factores de rendimiento y brechas tecnológicas
El especialista señaló que existe una gran brecha entre el potencial productivo y lo que se logra en campo. Mientras los cultivares de punta del INTA alcanzan 22 a 24 toneladas por hectárea, el promedio de los productores ronda las 13 a 15 toneladas. Las causas: baja adopción de tecnología, uso de semilla propia o “bolsa blanca” y escasa fertilización. “La alfalfa también extrae nutrientes, como la soja. Se ven claras respuestas a la fertilización con fósforo y azufre, pero muchos productores aún no lo incorporan”, explicó.
Oportunidades regionales
En provincias del norte como Santiago, Salta y Chaco, la disponibilidad de mano de obra permite mantener la producción de farditos de alfalfa, un formato clave para ferias, exposiciones y actividades ecuestres. Este nicho diferencia a la región frente a las zonas centrales, donde la mecanización y los costos laborales hicieron desaparecer este tipo de producción.
Innovación genética y sustentabilidad
El avance de materiales tolerantes a salinidad, como la Salinera del INTA, permitió expandir el cultivo en áreas con limitaciones edáficas. Además, el programa de mejoramiento busca variedades más adaptables y persistentes, capaces de sostener altos niveles de proteína y fibra durante más tiempo. “La alfalfa es un cultivo perenne que puede dar hasta nueve cortes por año en condiciones óptimas. Su potencial está, pero debemos acompañarlo con manejo y tecnología”, afirmó Tomsic.
Conclusión
La alfalfa se consolida como un cultivo estratégico para Santiago del Estero y el norte argentino. Su versatilidad, calidad y demanda internacional la convierten en una alternativa de alto valor, tanto para el mercado interno como para la exportación. El desafío está en cerrar la brecha tecnológica, incorporar fertilización y genética avanzada, y aprovechar las ventajas regionales.

“El futuro de la alfalfa depende de cómo logremos combinar tradición y tecnología. Es un cultivo que nos desafía, pero también nos proyecta hacia un agro más competitivo y sustentable”, resumió el Ing. Pablo “Coco” Tomsic.









